Si la chistera fuera una bota de fútbol y el conejo que sale de ella un balón…¿quién sería el mago? Miren casi una década atrás. Diríjanse hacia tierras galaicas. Busquen a un brasileño con cara de árabe por A Coruña. ¿Lo han encontrado? Es él: Djalma Feitosa, más conocido como Djalminha. Tan mágico como indisciplinado. Tan atrevido como irregular.Djalminha, uno de los estandartes del Súper Dépor de Irureta, tenía polvos en sus botas. Cada vez que cogía el balón inventaba un regate, un pase o un chute. Era de esos jugadores que querían jugar para la galería, tanto que fue capaz de jugarse una penalti a lo panenka en San Siro. Lógicamente, terminó marcando. Pero tanto destello condenaba a su juego a la constante irregularidad: tres partidos bien y uno mal. Es el gran hándicap de querer hacerlo todo bonito, de preocuparse más por el cómo que por el qué. Pero Djalma era así. No le importaba humillar a un rival, dejarle sentado o hacerle un sombrero elevando el balón por detrás de sus piernas (regate que él mismo definiría como “lambretta”).
Era descarado en el campo, pero también en el vestuario. Por eso salió del Dépor por la puerta de atrás, después de cabecear a Irureta en un entreno. Porque este brasileño, que marcharía de España con un título de Liga, una Copa del Rey y dos Supercopas en su bolsillo, no entendía de táctica ni de órdenes. Jugaba para divertirse, para divertir. Y lo conseguía, aunque solo fuera uno de cada tres partidos. Razón suficiente para pagar el precio de la entrada y disfrutar de la sesión. Bien, de dos: el partido, y el partido de Djalminha.
Lo mejor del mago





